A las once y cuarenta, el hombre dejaba una moneda sobre el mostrador y pedía un café sin azúcar. No miraba el reloj. El empleado de la estación había aprendido a reconocerlo por el sonido de sus zapatos.
Siempre se sentaba en el tercer banco. El tren llegaba a las doce y cinco, permanecía dos minutos y volvía a desaparecer entre los edificios. El hombre nunca subía.
Una pregunta pendiente
Una noche, la mujer que barría el andén se sentó a su lado. No le preguntó a quién esperaba. Le ofreció una mandarina y dejó la cáscara, cuidadosamente doblada, sobre una servilleta.
—Hoy tampoco ha venido —dijo él.
—Todavía quedan dos minutos.
El hombre sonrió por primera vez en muchas semanas. Miró las vías, luego la mandarina, luego el pequeño reloj de la pared.
No todas las esperas terminan con una llegada.
A las doce y cinco el tren abrió sus puertas. El hombre se levantó, dejó el vaso vacío junto al banco y subió al primer vagón. La mujer siguió barriendo. Al día siguiente, a las once y cuarenta, pidió dos cafés.
Relato original de demostración.



